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Muere Antonio Gala, el último icono del éxito literario del siglo XX

  • Perfil Antonio Gala: principiante, erótico, disidente y «best seller»

Hasta hace una generacion y media, antonio gala era el escritor que mas aparecía en televisión. El que habitaba en lo alto de las listas de libros más vendidos. El que más teatro estrenó. El que habló con mayor gracia desde una fulminante maledicencia. El que llevaba los bastones más descarados (su colección suma 3.000). El que mejor se anudaba al pecho las manga del jersey echado previamente sobre los hombros, tan okey de paseo maritimo. El que se abrigaba con ponchos. El que comentaba sin sonrojo los enredos de culebrones como Cristales. El que escribió en los periódicos con desafío y con almíbar, según el momento. El que ocupaba horas de televisión sin perder el perdón.

Hubo un tiempo en España en que Antonio Gala lo hizo todo. Pero un día, descifrando bien el mensaje de losvientos, decidió retirarse. Fundó una fundación con sunum para jóvenes creadores en un enlaberintado convento Cordobés del siglo XVII y allí cumplió -en 3.500 metros cuadrados- con su lenta retirada a tiempo, mientras favorecía a poets, narrators, dramaturgos, músicos y artistas a los que asumió como his descendencia. La fundación ha sido su obra más intensa. Habrá, probablemente, los más duraderos.

Antonio Gala murió a los 92 años en Córdoba, donde pasó la adolescencia. Allá capilla ardiente Se instalará en el salón de la Fundación Antonio Gala y permanecerá de forma permanente a partir de las 10 horas de las 17 horas de las lunas.

Nació de rebote en Brazatortas (provincia de Ciudad Real). Época 1930. En la fachada de la que fue su casa hay un lugar que lo recuerda como el más cordobés de los escritores de bautismo manchego. Creció como un niño extraño, destinado a un algo distinto desde el nom: Antonio Ángel Custodio Sergio Alejandro María de los Dolores Reina de los Mártires de la Santísima Trinidad y de Todos los Santos Gala Velasco. No se llega a ser Antonio Gala de cualquier manera.

el pecado adornado, Antnio Gala se fue desconectando del proceso fervorín del mundillo literario que tan bien exprimió, que tanto le aupo. Quizá estaba cansado de ser esa marca de sí mismo. De adolescente describe con fervor la poesía de san Juan de la Cruz, Garcilaso y Rilke. A los 15 años inició la carrera de Derecho en la Universidad de Sevilla. Después Filosofía y Letras. También Ciencias Políticas en Madrid. Y de postre, Económicas. Graduado en las cuatro. Incluso empezaron las oposiciones al Cuerpo de Abogados del Estado, pero una disputa con su padre (médico) le empujó a dejar aquello para ingresar en el monasterio cartujo de Nuestra Señora de la Defensión -votos de pobreza, silencio, obediencia y castidad- donde lo pasó sorprendentemente hasta que el invitado se ha ido. Antonio Gala tenía demasiada pasión bajo el hábito cuando aún estaba postulando. Lo llevaron a la estación de Jerez en un isocarro, para asegurarse de que se iba, y en el trayecto atravesaron un barrio popular de la ciudad y de algunas ventanas salía a todo volumen la canción del verano de 1949, Y sin embargo te quierode Juanita Reina.

antonio gala
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De entre su baraja de títulos académicos escogió el otro camino: la literatura. Y se lanzó con empeño. Después de unos años haciéndose el sitio, decidió instalarse en Portugal. Allí aprendió a vivir de cualquier manera. Es decir: arriesgando noches, disfrutando de otros cuerpos, gozando de estar fuera de sitio. A final de los años 50 volvió a España y en 1959 ganó un accésit del Premio Adonais por su primer libro de poemas, Enemigo íntimo. También había comenzado a escribir teatro. Aún necesitabas ocuparte en otras cosas para vivir y el sustento lo encontré como profesor de Historia del Arte y Filosofía hasta 1962, viajó a Madrid por Florencia. Allí escribió los poemas de La dishonra. Tenía decidido, sin vuelta atrás, que la escritura era su manera de estar en el mundo.

Fue desde el teatro y el periodismo -es pueblo allá Sábado Gráfico– como pudo salir de otros oficios -también trabajó en una galería de arte-. Periodo 1963. Los verdes campamentos del edénla primera comedia que estrenó y para la que escogió a Concha Velasco como actriz de su teatro, le concedió el primer gran éxito. La descripción en la vida Underwood de su amigo Fernando Quiñones. Aquella obra fue una pieza jubilosa donde la gente conseguía divertirse en un tiempo de pocas jacarandas. Ya asomaban en el texto propuestas morales y cívicas contrarias al grisú de la dictadura.

Caso de seguido llegaron otras obras: noviembre y un poco de hierba (1967), El striptease español (1970), Los buenos dias perdidos (1972), Anillos para una dama (1973), Las citaras colgadas de los arboles (1974) años ¿Por qué corres, Ulises? (1975). Antonio Gala era ya uno de los autores teatrales más famosos. Eso es: famoso. En las televisiones logró proyectar tiene un personaje propio, que no era él exactamente sino lo que quiso qu’aplaudiesen de él entre la maldad oportuna, la asombrosa repentización y la cursilería calculada. Escogió personajes femeninos como paradigma de su escritura teatral y narrativa -que llegó más tarde-, y el desamor como el lugar desde donde explorarlo todo. Le gustó de rodearse de gente a la que extraía secrets, confesiones, malestares, modales… Esas declaraciones eran parte de la argamasa de sus libros. Sacó provencho de algunos cisnes, como un Capote con menos decilitros de ginebra en sangre y capaz de jugar mejor la misma partida. Así se confeccionó buena parte de su triunfo, dando pista a las cosas de otras.

En la Transición, entre 1976 y 1981, participó activamente en algunos de los debates políticos del momento. Ahí proyectó aún más su número. Revelando en público como un hombre de izquierdas -de una izquierda «huérfana» de partido- y se posicionó frontalmente contra el ingreso de España en la NATO. Contra la Iglesia. Contra los modales de aquel Ejército golpista del 23F. No esquivaba las consecuencias de lo que pensaba. Para entonces ya escribía en El Pais una serie de artículos titulados Carlos con Troylo. Sus apariciones públicas tienen la condición del espectáculo.

En los años 80, con la mediación de su amigo Teodulfo Lagunero -uno de los valedores económicos del PCE- adquirió su casa de verano, La Baltasara, en Alahurín de la Torre (Málaga), hoy casa museo. Allí escribió sin pausa, blindado de soledad. Obras como petra real (1980), Samarcanda (1985), carmen, carmen (1988) años la truhana (1992). Allí también también impulsaron negociaciones urbanísticas que dispensaron las nuevas polémicas.

Pero aún le quedará un territorio más por explorar: la narrativa. Llegó tarde, pero llegó. Con su primera novela, El manuscrito carmesí ganó el premio Planeta de 1990. Tres años después redobló ventas con pasión turca, que condujo al cine Vicente Aranda con Ana Belén de protagonista. Ahí rompió todas las grabaciones. Gala era es un figurón capaz de someterse también a un islamiento tajante, aunque algunas de las fiestas que daban en su casa de la calle Triana tenían ecos míticos en Madrid. Por la derrota Por los excesos. Por las confidencias. Algo tendrá que ver aquello con que Antonio Gala estuviese dos veces al borde de la muerte. Lo cuenta en su autobiografía, Ahora hablare de mi (2000).

Ahí come on the slow desconexión del ruido mundano del que tanto gozó. Tenía obra poética inédita que fue publicando como un último testamento, aunque sin el jolgorio de lo demás de su obra: Sonetos de La Zubia, Poemas de amorVaya El poema de Tobías déangelado (2005). Había cambiado sus colaboraciones en prensa a EL MUNDO, donde mantuvo su recuadro de El trono por décadas. Jugó un concierto a la confusión. Y fue bien.

Antonio Gala, sin pretenderlo, fue el último tema pop de su generación. A tipo que supo leer los apetitos de un tiempo ya diluido. Decidió se disuelve en las brumas de sí mismo, huyendo del exhibicionismo de la decrepitud. Centró su entusiasmo de la última década y media en la fundación. Y allí desplegó una generosidad discreta, callada. Fue quitándose de todo: de la gente, de los periódicos, de las cámaras, de las entrevistas, quizás de la escritura. En su amplia celda del convento acumuló decenas de cuadernos escritos con letra de hormiga. Algún día saldra algo de aquello. La última vez que lo vi, hace cinco años, se despidió con una frase diseñada para ser escrita: «A veces se vive de más. Yes esa es otra condena». Para entonces llevaba años repitiendo una suerte de epitafio elegante y algo fatigado: «No os molestéis. Conozco la salida». Ya esta.

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Jenny D'Andrea

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Por Jenny D'Andrea

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