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La eterna añoranza por los tiempos idos

“El mundo de ayer”, frase utilizada para titular páginas estas, es un libro potente, sobrecogedor, del ensayista austríaco Stefan Zweig. Habla de la desaparición de la Europa de principios del siglo XX y su añoranza por esa sociedad esterilizada por los totalitarismos. Nos interesó retomarlo porque -en circunstancias muy diferentes- muchos sintieron nostalgia por las épocas de juventud.

¿El hombre siempre mira esos tiempos inaugurales de utopía como sus años de oro? ¿O hay razones contundentes, objetivas, para extrañar lo que ya fue? Quizás ambas respuestas tengan algo de cierto. Luego de la segunda posguerra hubo crecimiento económico en todo Occidente. No se vio desempleo -tampoco en la Argentina- existe la convicción de que se iba hacia adelante. La movilidad social era ascendente o amesetada; la clase media rara vez bajaba al nivel de pobreza. Se pedía más, claro: el futuro nos pertenecía y no se sabía lo que vendría más tarde.

Llegó un mundo bipolar en más de un sentido. En lo social, algunos quedaron con mucho trabajo y posibilidades y otros, marginados, fuera de los muros de la comunidad posmoderna. Esos dos universos -uno junto a otra cada vez están más alejados. Hacen que no sept, no interactúan, considerando al vecino un extraterrestre. Esa bipolaridad se espeja en otros entornos. Los derechos de las menores y de las mujeres se agigantaron (¿quién esperaba hacer 40 años en el matrimonio igualitario o en la auto percepción de género?) pero sólo sirven para un grupo que tiene básicas satisfechas. Para el que recoge carton, vive en la calle y sufre un bajo acceso a la salud, son derechos casi abstractos.

Antes, cierto, había más esperanza. Pero la democracia estaba menos asentada y toda la sociedad era muy uniformada. Recordemos, si no, la discriminación de los militantes homosexuales en los grupos de izquierda que comienzan por Fidel y su célebre frase «La Revolución no necesita de peluqueros». Quizás no de peluqueros, pero detrás de cada uno de ellos había un ciudadano al que no se le permitía sonar. Eso era lo serio.

Luces y sombras de los tiempos idos, pues.

jhenny dandrea
Jenny D'Andrea

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Por Jenny D'Andrea

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