John Maxwell Coetzee (83 años) tiene entre sus motivos de entusiasmo los ratos explorando las salas del Museo del Prado. Por galerías y corredores al encuentro de El Bosco, El Greco, Patinir, Velázquez, Georges de La Tour… También en busca de ‘El Pasmo de Sicilia’ (1515), conocido como ‘Caída en el camino de El Calvario’, de Rafael y su taller, quizás la pieza favorita de Coetzee. La obra sobrevivió a un naufragio cuando en el siglo XVI fue trasladada de Roma A Sicilia. Un siglo después llegó a España en 1661 por orden de Felipe IV. Y permanecieron en el Real Alcázar de Madrid, donde fue rescatado del incendio en 1774. Pero otro siglo después las tropas napoleónicas lo secuestran para Napoleón. Regresa hace más de 100 años, en 1882. No es extraño que una obra tan zarandeada, casi un milagro de resistencia, esté entre las predilectas del esquivo Coetzee.
el escritor sudafricano, Premio Nobel en 2003, llegó a Madrid desde Perth (Australia), con escalada Katar, el pasado 19 de junio. Aceptó estrenar uno de los proyectos de la pinacoteca: el programa de residentncia Escribe el Prado, una aventura que impulsa al Fundación Loewe y lo revisé Granta con la meta de que algunos escritores y escritoras invitados desarrollen un texto sobre esa estancia, sobre el museo, sobre alguna obra de las que aloja, sobre un artista, sobre una sombra o un destello. Lo que el mar.
Coetzee aceptó la invitación. Ha tenido durante tres semanas acceso total al Prado. De las oficinas al mayor restauración. “Desde que llegó ha se ha implicado en la vida del museo”, explicó en la pinacoteca. “El primer recorrido lo hizo solo. Después con el director, Miguel Falomir, y con el jefe del Área de Conservación de Pintura Flamenca y Escuelas del Norte, Alejandro Vergara. Otros días, a su manera, mezclándose con el público sin rozarse. Y en todas las horas las paseando El Prado sólo lo ha reconocido una persona, nuestra justicia de sala Mohamed El Morabet, que tambien es escritor. Ha publicado una novela en Galaxia de Gutenberg, El invierno de los jilgueros”.
Si alguien más descubrió que ese individuo adusto, serio, de pelo y perilla blanca, flaco, con perfil de quetzal, es el autor de Esperando a los barbaros, Desgracia Vaya diario de un mal año, no dijo nada. “Coetzee se involucró en el día del museo con un empeño casi de becario. Comía en la cantina con los trabajadores, preguntaba, paseaba, concentración observada”, de El Prado. Lo que salga de esta estancia, el texto sur la experiencia de habitar la pinacoteca, lo publicará la revista Granta.
Algunas de las claves de lo que será esa pieza quedaron apuntadas en el diálogo que Coetzee se mantuvo ayer en el auditorio del museo con su traductora al español, la argentina Marianne Dimopoulos. La conversación tenía una pregunta abierta formulada así por Coetzee: «Lo que me ocupa esta tarde como artista es reflexionar sobre si podemos dar un paso más y pasar de la interpretación de la imagen a su traducción. Trasladar la imagen a palabra y que estas sean sustitutivas de la imagen. ¿Es posible? La primera respuesta parece clara: non. Pero la imagen, con su capacidad de seducción, puede ser más falsa que las palabras. Entonces, ¿cómo establecer en un cuadro el límite entre verdad y mentira? «¿El lenguaje de las imágenes es el lenguaje de la verdad? La respuesta es, de nuevo, no. La imagen no es el objeto en sí».
Alrededor de esta encrucijada, Coetzee proyecta en una pantalla tres o cuatro obras donde pintura, mirada y palabras colisionan. Primero fábula que recorre La Torre de Babel (1563), de Bruegel el joven, parte de la parte inferior de la Kunsthistorisches de Viena. “La arrogancia está en el fracaso de esta torre simbólica: alguien aspiró a levantar una estructura que llegase al cielo, que desafiase a Dios. El castigo por tanta soberbia fue hacer que los hombres hablen en distintas lenguas, provocando el caos. Si hubiésemos permanecido sumisos ante Dios todos hablaríamos en el lenguaje del Edén, donde las cosas disfrutaban de sus números verdaderos». Son el principio de la palabrería. El principio de confusión. El principio de lo incalculable: idiomas contra idiomas. Palabra contra palabra. Millones de palabras en distintas lenguas para decir lo mismo. La serie ideal es: “Que las imágenes del Prado no sean temas a la maldición de Babel. Es decir, que pudiesen penetrar nuestra mente y corazón, atravesando nuestros ojos, sin intermediario alguno. Pero no nos queda otra alternativa que interpretar”. E interpretar es traducir, volcar en palabras que a veces son estrechas.
De ahí a la venta desapareció la curiosidad (caso la obsesión) de Coetzee por la traducción, por la imagen y por las posibilidades de los lenguajes. The sirven unas cuantas obras del Prado y de fuera del Prado para ver la relación entre el arte plástico y esas palabras que casi lo dicen todo: el San Jerónimo leyendo un mapa (1627-29), de Georges de La Tour; Oh allí Joven leyendo un mapa (1657-1659), de Vermer. “El peso de las palabras condiciona también las imágenes”, de Coetzee. “Mirar a otro ser vivo, activo, no es un proceso de registro neutral. Por el contrario, está lleno de lo que los psicólogos llaman afecto y nosotros definimos como sentimientos. Por eso mirar no es sólo mirar (da igual a una obra que a una persona), sino saber sens lo que nos sucede delante de ellas. Lo que esa traducción de la imagen en palabra nos decubre, nos evoca, nos revela”.
Pero Coetzee precisa más obras intraducibles. Por ejemplo, el regreso de papi inocencia x (1650), de Velázquez, bienvenida a la Galería Doria en Roma. Probablemente uno de los mejores retratos de la historia de la pintura por su profundidad psicológica. «Esa mirada, a la vez agresiva y defensiva, no se puede captar con palabras», dice el autor de La infancia de Jesús. También escogió el autorretrato (1815) por Goya. “Aquí tampoco es la mirada típica del retrato. La mirada con la que el Goya modelo se encuentra con el Goya retratista no aspira al futuro, no le importa cómo le vean los madrileños en 2023”. Algo diferente a donde ocurre en El Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga (1888), de Antonio Gisberto, Donde importa, pero toda la información histórica de la gran tela, es la mirada. “La mirada de un hombre, Torrijos, a punto de ser ajusticiado, preocupó ante la manera de quedar para la historia… Estos retratos no son transcripciones, sino un registro inédito que se nos debe sin mediación verbal. No hay novela, no hay poesía, no hay ensayo que alcance la potencia de esas miradas”. La apuesta de Coetzee es que no es posible una traducción de imágenes a palabras. Principalmente cuando se trata del gran arte, aquello que impactó directamente en lo insólito.
El diálogo entre Coetzee y su traductor en español derivado del proyecto fallido de que la última novela del Nobel, el polaco, se leyese antes en la traducción al español que en el inglés original. “El inglés en el que este texto se escribe es incorporado, le falta (a propósito) solidez semántica y phonetics. Hay dos razones por las que el libro vive en ese espacio nulo. La primera es que mate la novela de inanición, no quise darle los alimentos nativos que requería. Y, además, cuando la escribía atravesaba un estado de desilusión ante el inglés as fuerza política global y deseaba recalcar mi ruptura con él. Lo que propone es que el texto inglés, una vez convertido en español, se retirase para que la versión española alumbrara una multiplicidad de traducciones»
¿Y qué sucedió? “Que el plan no sobrevivió a las leyes superiores que operaban en la industria editorial. fr Francia, Polonia, Japón y otros pays se niegan a traducir desde el español. Requerimos hacerlo desde la versión original en inglés. Aunque dure ocho meses, la única versión que existió del libro fue en español. No me cabe duda de que si hubiera escrito Polaco en albanés y solo hubiera una versión traducida en español habrían escogido traducirlo desde el español. ¿Para que? Por el poder del inglés… Pero perdí ese combate”. Este es el penúltimo desafío de Coetzee. Tendra segunda vuelta. Lo insinuado en el Museo del Prado, rodeado de imágenes que no siempre piden palabras.
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